La política ecuatoriana está marcada por los escándalos. La prensa no destaca quien acata las decisiones judiciales sino a quienes las contradice. Es la moral variable de un periodismo que se ufana de ser imparcial, pero que ama el escándalo, que no lo reduce sino que lo potencializa en portada, en primeros planos. Las ideas, los planes, los proyectos no se debaten en este país. Solo las acciones, si son de violencia mucho mejor, son las que encuentran amplificación mediática. Pero a la hora de defender ese derecho llamado libertad de expresión, cualquiera tiene patente para decir lo que sea. No se mide ni se repara en la forma cómo las notas periodísticas son presentadas.
De allí que el discurso de los políticos en los últimos 30 años de vida democrática sea el de la violencia y la confrontación. Las voces sensatas son ridiculizadas o minimizadas. No solo por los que ostenta un poder coyuntural sino por una prensa que grita por nuevas voces, pero cuando las encuentra, las quema, las promueve de tal forma que el discurso se vuelve trillado.
Recuerdo que una de las principales exigencias de los dueños de los medios era la búsqueda de nuevas voces. Pero claro, como todo lo que se publica, esos nuevos intérpretes de la realidad deben tener pensamientos similares a las tesis periodísticas o a la forma de contar los hechos que el medio propone, expone y comercializa.
Aunque muchos medios exponen diversas formas de hacer periodismo, recuerdo una experiencia en particular. Cierta editora de mando medio me supo indicar que la oposición no salía en ese medio, porque sus principales figuras no proponían nada nuevo, porque decían y hacían lo mismo. Desde ya, el manejo de la censura previa en los medios es tema viejo. En el momento mismo en que el periodista decide no publicar algo, porque a su parecer no es relevante, ya está censurando los hechos. Es común y cotidiano en el ejercicio periodístico. Pero el caso de la editora en mención era y resulta extremo. Que un medio no dé cabida a algo por ser repetido y poco eficaz, no implica que no exista ni que no posea valor periodístico. El medio ocultó una realidad. Y en la práctica por espacio o por políticas internas, los medios ocultan realidades que no las cuentan.